Somos lo que consumimos.
Somos lo que consumimos. Consumimos en el sentido amplio de esta palabra. Consumimos comida, consumimos información, consumimos energía y así sucesivamente. Lo que nos rodea nos forma y, a la vez, nosotros formamos aquello que está a nuestro alrededor.
La comida lleva consigo un estado de ánimo. El alcohol, el café, el chocolate, las frutas y cualquier otra comida influyen en el estado de ánimo. Lo mismo sucede con la información. Lo que vemos y lo que oímos puede tener un efecto negativo o positivo en nosotros. El efecto puede durar horas o puede durar años. Después de beber agua, el efecto perceptible desaparecerá en unas horas. Los metales pesados que entren en el cuerpo pueden quedarse para siempre. La información puede atravesarnos, por ejemplo, la contemplación del cielo despejado. O la información puede quedarse para siempre, por ejemplo, un susto. La presencia del susto, de los metales pesados en el cuerpo, influirá durante toda la vida. Esa influencia no siempre es positiva. Cuanto más atentamente tratemos la comida, la información y el entorno, y cuanto mejor elijamos lo que nos conviene, mayor calidad podremos dar a nuestra vida.
Una mejor calidad significa una mayor permanencia de las propiedades sin cambios. Es decir, aquello que nos conviene puede quedarse con nosotros durante un período más largo si somos más atentos en nuestra elección.